Lo que creo que Chile necesita hoy

Sentido común, oportunidades reales y un Estado que funcione

La inclusión es parte de mi historia y de lo que he empujado con más fuerza.
Pero Chile es mucho más que una sola causa.

Hoy el país dejó de avanzar como lo venía haciendo. Se frenó el desarrollo, se llenó de trabas, de peleas ideológicas y de urgencias que se fueron postergando mientras la vida real seguía pasando.

Por eso creo que hay que volver a lo esencial: una economía que permita trabajar y emprender sin obstáculos, calles seguras para vivir sin miedo, una salud que llegue a tiempo y una educación enfocada en aprender, no en imponer ideas.

Eso es lo que hoy, a mi juicio, Chile no puede seguir postergando.

1. Educación para el siglo XXI

Aprender mejor, desde el inicio

Chile ha apostado fuerte por la educación superior. De hecho, hoy tenemos un porcentaje de jóvenes en educación superior mayor que Estados Unidos. Y aun así, la brecha salarial no se ha reducido como esperábamos. Eso nos dice algo incómodo, pero necesario: llegamos tarde.

No se corrigen desigualdades al final del camino si no se empareja la cancha desde el comienzo. Por eso creo que el foco tiene que estar en la primera infancia: salas cuna y jardines infantiles de calidad, acompañamiento temprano y mejores herramientas para aprender desde los primeros años.

A eso se suma una convivencia escolar bien trabajada y proyectos educativos diversos, con libertad de elección para las familias. Una educación del siglo XXI, que forme personas capaces de desarrollar su talento y no simplemente acumular títulos.

2. Salud que llegue a tiempo

Cuidar la vida, sin listas eternas

En Chile el problema no es solo el sistema, es el tiempo. El tiempo que se pierde esperando una hora médica, un diagnóstico, una cirugía. Cuando la salud llega tarde, el costo no es solo económico: es humano.

Creo en una salud que funcione, que priorice a las personas y que permita atenderse a tiempo, especialmente en salud mental, donde la deuda con niños, jóvenes y familias es enorme. No podemos seguir normalizando listas de espera que terminan siendo abandono.

También hay un cuello de botella que no se puede seguir ignorando: faltan especialistas. Por eso creo en abrir más cupos y más especialidades médicas en las universidades, con una formación conectada con las necesidades reales del país y de las regiones.

Y creo firmemente en la libertad de elección en salud. Que las personas puedan decidir dónde y con quién atenderse, sin que eso dependa de trámites eternos o de la billetera. La salud tiene que estar al servicio de las personas, no al revés.

La salud debe volver a centrarse en lo esencial: prevención, atención oportuna, redes que se coordinen y libertad real para elegir. Porque cuando la salud falla, todo lo demás se cae.

 


3. Inclusión sin letra chica

Que nadie quede fuera, en serio

La inclusión no es una moda ni una bandera para sentirse bien. Es hacerse cargo cuando el sistema no está pensado para todos.

Aún hay mucha gente que cree que la inclusión es un privilegio. No lo es. Es asegurar condiciones mínimas para que todas las personas puedan participar, aprender, trabajar y vivir con dignidad. No se trata de bajar exigencias ni de dar ventajas, sino de emparejar la cancha.

Autismo, discapacidad física, sensorial, intelectual, personas neurodivergentes, adultos mayores: hoy demasiadas veces quedan fuera no por falta de leyes, sino porque nadie las cumple. Por eso creo en una inclusión práctica, exigente y sin excusas. Con fiscalización real y responsabilidades claras.

También creo que el acceso a la justicia tiene que ser pertinente. Hoy personas con discapacidad son sancionadas sin que los tribunales entiendan su condición. Faltan peritos, formación y ajustes razonables. Eso no es ideología, es justicia básica.

La inclusión real también es apoyar a quienes cuidan y fortalecer a las organizaciones sociales que sostienen lo que muchas veces el Estado no alcanza. Soluciones como viviendas tuteladas son parte de ese camino.

Incluir no es dar privilegios. Es emparejar la cancha para que cada persona pueda desarrollarse y aportar. Sin discursos. Sin letra chica.

 


4. Seguridad para vivir tranquilos

Volver a la paz cotidiana

La inseguridad no solo genera miedo. Frena el desarrollo, rompe la convivencia y encierra a las familias en sus casas. Cuando el crimen organizado avanza, el Estado retrocede, y eso tiene consecuencias profundas para la vida cotidiana y para el futuro del país.

Creo en enfrentar el delito con decisión, pero también con inteligencia. No basta con reaccionar tarde ni con discursos duros que no se sostienen. Se necesita un Estado que anticipe, que coordine a sus instituciones y que corte de raíz el poder del crimen organizado, especialmente donde más daño provoca: en los barrios y en los entornos escolares.

La seguridad también es proteger a los niños del reclutamiento, recuperar los espacios públicos y asegurar que la ley se aplique con firmeza y sin dobles estándares. Cuando hay impunidad, el mensaje es claro: el crimen paga. Y eso hay que revertirlo.

Chile necesita volver a un marco básico de orden y convivencia. No para vivir con miedo ni con mano dura simbólica, sino para que las personas puedan trabajar, estudiar y criar con tranquilidad. Sin seguridad, nada más funciona.


5. Economía para volver a crecer

Destrabar, invertir y avanzar

Chile no está estancado por falta de talento ni de ganas. Está estancado porque se volvió un país difícil de hacer funcionar. Hoy emprender, invertir o sacar adelante un proyecto implica enfrentar una maraña de permisos, autorizaciones y trámites que se contradicen entre sí y que terminan frenando el desarrollo.

Creo que el foco debe estar en destrabar. En simplificar reglas, reducir tiempos, coordinar servicios y dar certezas. Un Estado que funcione mejor no es uno más grande, sino uno que responda a tiempo y con criterios claros.

Cuando la economía se frena, la calidad de vida se resiente: menos empleo, menos oportunidades, menos capacidad de proyectarse. Por eso es clave que el crecimiento vuelva a ser una prioridad, especialmente en regiones, donde hay iniciativas que podrían avanzar mucho más rápido si el sistema no las empujara hacia atrás.

Chile necesita volver a ser un país donde hacer las cosas bien sea posible, donde el esfuerzo tenga retorno y donde el desarrollo no se pierda en la burocracia.

6. Cuidados que sostengan la vida

Apoyar sin ahogar

En Chile, cuidar sigue siendo una tarea invisible. Miles de familias, en su mayoría mujeres, sostienen a niños, personas con discapacidad y adultos mayores sin redes suficientes y con muy poco apoyo real. Eso tiene un impacto directo en su calidad de vida, en su salud y en sus posibilidades de trabajar o desarrollarse.

Creo en un sistema de cuidados que funcione de verdad. No uno que se quede solo en programas públicos, sino uno que fortalezca a las organizaciones sociales, fundaciones y corporaciones que ya están cuidando y conocen las realidades locales.

Apoyar los cuidados también significa ofrecer soluciones concretas, como viviendas tuteladas y modelos comunitarios que permitan acompañamiento, autonomía y vida digna, sin sobrecargar a las familias.

Un país que se toma en serio los cuidados no solo protege a quienes los reciben, también mejora la calidad de vida de quienes cuidan. Y eso es una urgencia que Chile no puede seguir postergando.